A Demócrito (470-380 a.n.e.) le llamaban el filósofo risueño, por su eterna sonrisa. Nació en la ciudad griega de Abdera. Sus conciudadanos parecían calificar sus ideas y forma de vida como expresiones de locura, pues se preocupaba por cosas que, para quienes le rodeaban, no tenían sentido, como, por ejemplo, "hasta dónde podría dividirse una gota de agua".
Demócrito pensaba que se podrían obtener gotas cada vez más pequeñas, hasta casi perderlas de vista. Pero Leucipo (~450 a.n.e.), maestro de Demócrito, había intuido que esa división tenía un límite. Como Demócrito hizo suya esa idea, enunció que cualquier sustancia podía dividirse hasta ese límite y no más.
Al trozo más pequeño —o partícula— indivisible de cualquier material lo llamó átomo. Según Demócrito, todo el Universo estaba constituido por esas partículas indivisibles y entre ellas no había nada, es decir, había espacio vacío.
La mayoría de los filósofos griegos rechazaron la idea del átomo pues la consideraban absurda. Y aunque de todos los libros que escribió ninguno se conserva, algunos de los pensadores que aceptaron la idea de la partícula indivisible fundaron escuelas de importancia que preservaron su pensamiento hasta nuestros días.
Epicuro (342-272 a.n.e.) fundó una escuela de gran popularidad y desarrolló la corriente filosófica conocida como epicureismo, que permaneció por más de 700 años, hasta que la avalancha del cristianismo barrió las escuelas de pensamiento "pagano". La escuela de Epicuro era mecanicista y consideraba al placer como el don humano más importante. Adoptó el átomo de Demócrito como una explicación satisfactoria de la estructura del Universo. Estas ideas fueron resumidas por pensadores como Aristóteles (384-322 a.n.e.):
Se le llama Elemento a la materia primitiva que entra en la composición de los objetos, y que no puede ser dividida en partes heterogéneas […] Los que tratan los elementos de los cuerpos, dan también este nombre a las últimas partes que no se pueden dividir en otros cuerpos de especies diferentes. Esto es lo que llaman ellos elementos, ya admitan un solo elemento, ya admitan muchos.1
A pesar de que del legado de Demócrito casi nada sobrevive, prevaleció el tiempo suficiente para poder influir sobre pensadores romanos como Lucrecio (95 a.n.e. a 55 a.n.e.). En los tiempos antiguos, los libros se copiaban a mano, por lo que las grandes obras se podían confeccionar en unos pocos ejemplares y sólo eran accesibles a personas o instituciones económicamente poderosas.
La invención de la imprenta, hacia el año 1450 de n.e., hizo un gran cambio. Fue posible entonces contar con grandes tirajes. Uno de los primeros libros considerados para esto fue Sobre la naturaleza de las cosas, de Lucrecio. Las ideas de Demócrito habían encontrado el camino hacia las nuevas generaciones:
Llamamos elementos a los cuerpos primeros y compuestos a los que resultan de ellos. Los elementos son indestructibles, porque su solidez triunfa de todo […] los principios que componen el gran todo creado tienen un cuerpo sólido y eterno […] No puede disolverlos choque externo, ni puede penetrar extraña fuerza a su tejido; ni de acción extraña puede recibir daño, como he dicho […] Si no fuesen eternos, a la nada todo el mundo se hubiera reducido […] luego, los principios la simplicidad sólida contienen, porque sin ella no hubieran podido durante tantos siglos conservarse […] Como un cuerpo más pronto se destruya que lo que tarda el mismo en rehacerse, las pérdidas que hubiera padecido en la edad precedente, irreparables fueran sin duda alguna en las siguientes […] La división de la materia tiene límites invariables y precisos.2
No fue sino hasta el siglo XVII cuando el filósofo francés Pierre Gassendi (1592-1655) se pronunció como epicúreo, defendiendo la teoría de las partículas indivisibles. En 1660, el físico inglés Robert Boyle (1627-1691), discípulo de Gassendi, hizo estudios sobre las características del aire, observando que se le puede comprimir hasta un cierto límite. Concibió la idea de que el aire está compuesto de partículas minúsculas que dejaban grandes espacios entre ellas.
Comprimir el aire —reflexionaba el científico inglés— equivale a juntar más las partículas reduciendo el espacio vacío que hay entre ellas. El agua podría consistir, entonces, de partículas tan juntas que no se las puede acercar más; por lo tanto, su conclusión era que no es posible comprimirla. Al separarle las partículas, el agua se convierte en vapor, sustancia parecida al aire.