El sistema endocrino está controlado por el sistema nervioso a través del hipotálamo; juntos procuran el equilibrio dinámico del medio interno (homeostasis).
La regulación endocrina se produce mediante las hormonas, sustancias que a través de la circulación sanguínea alcanzan células situadas a cierta distancia e influyen en sus funciones. De esta manera, el efecto de las hormonas atañe a una gran diversidad de tejidos y funciones, como el metabolismo, el crecimiento, el desarrollo, la reproducción y la conducta.
La secreción hormonal está regulada por un sistema de retroalimentación negativa. Este proceso implica lo siguiente: cuando aumenta la cantidad de hormonas secretadas por una glándula, la función de la célula donde actúa la hormona (célula efectora o diana) también se incrementa y tanto el aumento de dicha función como los elevados niveles de la hormona actúan sobre la glándula para que ésta reduzca su secreción hormonal; por el contrario, si la hormona o su efecto disminuyen, se incrementa la producción hormonal. Por ejemplo, en el páncreas las células secretoras de insulina responden cuando aumenta la glucosa en la sangre (al terminar de comer), y se inhiben si la glucosa disminuye (en ayuno).
Las glándulas que constituyen el sistema endocrino son (véase la figura 2.18):
entre otras.